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Palencia homenajea al pintor Antonio de la Peña con una placa en su casa natal de la calle Panaderas Al acto, organizado por la Asociación Cultural Muriel, asistió el alcalde Heliodoro Gallego Paco Gómez-Soto Me cuenta Rodríguez Lechón, presidente de la Asociación Cultural Muriel de Palencia que impulsó este homenaje, que el buen amigo Antonio de la Peña soportó la lágrima muy pegadita a las nuevas vibraciones que le subían por los recuerdos, que le dio una pincelada torera al aire nuevo de aquella mañana del 30 de agosto para vestirlo de brillos, y que aguantó como una gabarra/carro en los campos/ mares de Castilla el envite del homenaje bien sudado. |
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DESDE que en 1882 Darío de Regoyos abriera por Segovia el portón de Castilla a la pintura vasca, los grandes artistas que vivieron a caballo entre los siglos xix y xx comenzaron a sentir una especial predilección por «lo castellano», encarnado en unas gentes y unos pueblos ancestrales y primitivos, herederos de una tradición de siglos. En 1988 Regoyos y el poeta belga Emile Verhaeren recorren la mesetas castellana y, al término de su viaje, editan el célebre libro La España Negra, auténtico paisaje literario de Castilla, coincidente en sus planteamientos con el espíritu de la Generación de¡ 98, que nos transmitía una visión desmesurada y tremendista, bárbara y mísera de Castilla, quintaesencia de la España negra.
La identidad de pensamiento sobre Castilla de los escritores vascos de¡ 98, como Unamuno y Baroja, con la de los grandes pintores de aquella generación, favoreció el fortalecimiento de la idea de lo castellano en la pintura de toda una generación de artistas, la más sobresaliente de la pintura vasca, hasta el punto de que es raro el artista de estas latitudes que no pasara temporadas más o menos largas en Castilla. Tan importante fue la meseta para la pintura vasca, que no sin razón se ha escrito que los vascos descubrieron Castilla a los propios castellanos. La nómina de pintores vascos que han encontrado en los tipos y pueblos castellanos excelentes temas para su arte resulta casi interminable. Pero es imposible olvidar la influencia de Segovia para Ignacio de Zuloaga, donde fijó su residencia y hacia la que atrajo a su amigo Uranga y a los hermanos Zubiaurre, que plasmaron en sus lienzos extraordinarios personajes, dignos de¡ mejor tenebrismo español. De transcedente para su pintura hemos de calificar las estancias largas y diversas de Francisco de lturrino en Ledesma, por donde pasara años antes Angel Larroque, así como su amistad con Miguel de Unamuno. Si estos artistas citados fueron quienes mejor captaron el espíritu de los hombres de Castilla, no podemos olvidar a Gustavo de Maeztu, pintor de las pardas estepas calcinadas por el sol de Burgos y Soria, ni a Juan de Echevarría, retratista por excelencia de la Generación de¡ 98, pero también de las adustas tierras avileñas y burgalesas. Y asimismo, resultan destacaba para sus respectivas pinturas los encuentros de Arteta o Salaverría con Valladolid y Palencia, los de Amárica con el norte de Castilla o los de Losada con Salamanca, donde pintó paisajes en la línea de Zuloaga. Todos estos eximios artistas de la Generación de¡ 98 regresaban a Bilbao -importante foco artístico en esa época- a Zumaya, a Garay, para refrescar su paleta con las bravas aguas de¡ Cantábrico y retomar los verdes y azules de sus montes y prados. Pero una vez cubiertas las etapas de reparador descanso, volvían a Castilla para forjar el carácter de su pintura, en especial aquellos que frecuentaban a Ignacio de Zuloaga, el más castellano de los pintores vascos y, sin duda, el más excelso intérprete de¡ carácter severo y trágico de las gentes de Castílla. Antonio De La Peña es un pintor vasco de generaciones posteriores que ha realizado su viaje artístico en la dirección opuesta a los de la Generación de¡ 98. Desde su Palencia natal vino hasta Bilbao siendo aun niño, para hacerse pintor entre nosotros. Y así como los grandes artistas vascos descubrieron Castilla a los propios pintores castellanos, De La Peña ha redescubierto a los artistas de estas latitudes, rías y costas, montes y valles, en un sinfín de lienzos sobre el más genuino paisaje vasco. Pintor de¡ natural y con un lenguaje impresionista muy personal, De La Peña ha plantado innumerables veces su caballete a orillas de nuestra ría, para captar con ricos grises y jugosos ocres toda la vida de su tráfico industrial, mostrando a los propios artistas vascos una nueva visión de la Ría de Bilbao, agitada y laboriosa en ocasiones, plácida y adormilada en otras, artística y bella siempre. Tal ha sido su prodigalidad a la hora de pintar nuestro cauce, que ha sido bautizado con el sobrenombre de¡ Pintor de la Ría. ¡Tenía que ser un castellano! Como hicieran aquellos pintores vascos de la Generación de¡ 98, Antonio De La Peña regresa periódicamente a Medina, a Baltanás, a Valladolid, para recargar su paleta con ocres y naranjas, pardos y sienas. También allí planta su caballete al aire libre y pinta rías de caminos polvorientos y galernas que agitan los rubios trigos de¡ estío. Pero, una vez concluido su estancia reparadora, vuelve al bullicio de Bermeo, a los azules de Sopelana o a los verdes de Atxondo, donde se hizo y se siente pintor. Antonio De La Peña es un eslabón más en la inagotable cadena de pintores vascos y castellanos que sintieron admiración mutua por sus hombres y sus tierras. Magnífico intérprete de nuestras costas y puertos, rías y montes, a los que ha dado nuevos aires, |
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